Muy bien, pueden pasar, pero apúrense que ya se está por llenar un taxi” dijo en ingles el policía mientras nos devolvía los pasaportes sellados. La emoción nos invadió de tal manera que teníamos ganas de saltar de alegría ahí en plena frontera. Después de la odisea que fue hacer migraciones en Israel, parecía mentira que pudiésemos pasar tan rápido desde Eilat (Israel) a Taba (Egipto), considerando que son dos países que se encuentran en guerra hace años. Pero claro, somos turistas. Ojalá todos los habitantes de Oriente Medio contaran con el mismo privilegio que nosotros para atravesar fronteras que ni deberían existir. Digo nosotros porque llevaba más de un mes viajando con Camilo, un compañero de aventuras colombiano que me regaló el camino.
Pusimos pies en tierras egipcias alrededor de las 4 de la tarde. Apenas atravesar la puerta, se presentaban frente a nuestros ojos hombres de blanco conversando frente a varios coches, vestidos con el Thawb (túnicas) y el Kafiyyeh (lo que los brutos llamamos turbante), confirmando que ya estábamos en este polémico país árabe. Miro a mi amigo para comentarle acerca del carnaval de emociones que estaba aconteciendo en mi interior al ver esa postal, pero mis intenciones fueron interrumpidas por el primero de los muchos tantos hombres que abandonaban sus puestos y desfilaban hacia nosotros para ofrecernos un taxi. Que poco me duró la alegría de verlos!
Nos encontrábamos en la región conocida como Sinaí, que es una península con forma de cono invertido y es la parte asiática de un país cuyo territorio pertenece en su mayoría al continente africano. Aquí se puede observar un gran contraste. A lo largo de su costa este, bañada por el mar Rojo, se encuentran ciudades magníficas que atraen miles de turistas de todas partes del mundo, principalmente de Israel (pueden atravesar la frontera con la misma facilidad que nosotros, pero sólo pueden permanecer en el sur, no tienen permitido dirigirse al norte de la península). Estas ciudades ostentan con sus mansiones, hoteles y resorts que albergan a quienes desean disfrutar de sus hermosas playas y sus importantes puntos de buceo. Al mismo tiempo, esta región es una de las más conflictivas y ha sido escenario histórico de guerras. Alejándonos apenas un poco de sus costas, comienza a desplegarse el territorio desértico, donde ya no se observa esta exposición competitiva de capitales, sino por el contrario, la imponencia de la naturaleza que cubre de un manto dorado de arena miles de kilómetros. Habitado principalmente por tribus beduinas, el área se convierte en una especie de “tierra de nadie”, donde la ley la impone el que mejor conoce el terreno. Por este sencillo motivo, no es posible atravesar la península por el norte (para ir por ejemplo desde Taba hasta El Cairo), y es necesario descender hasta el sur y luego volver a subir al norte por un camino próximo a su costa oeste, atravesando un número incontable de controles militares.
Desde la frontera de Taba salen sólo dos buses por día, aproximadamente a las 8 de la mañana y otro a las 3 de la tarde (aproximadamente porque en Egipto nunca se sabe). Si no lográs coincidir con esta amplia oferta de servicios de bus, tenés que recurrir a los taxis que consisten en Vans con 16 asientos, con costo fijo que se reparte entre todos los pasajeros, por lo que hay que esperar a que se llene de gente para que arranque. De lo contrario hay que pagar el precio de los asientos vacíos entre los presentes.
Oh sorpresa nos llevamos con Camilo cuando vimos como el último taxi lleno se iba frente a nuestras narices. Nos tocaba esperar a que llegara más gente para llenar otro taxi, mientras escuchábamos las ofertas de nuestros potenciales choferes en lo que denominé un remate invertido. Es algo sin igual, y hasta que no lo viví en carne propia no lo creí. Decirles “no gracias” es interpretado como un “por favor siga martillándome la cabeza hasta que no lo soporte más y termine comprándole con tal de que me deje en paz”. Al principio es hasta cómico, pero cuando estás cansado y no tenés ganas de regatear se transforman en una pesadilla. Uno de ellos se tomó más a pecho la tarea de conquistarnos/extorsionarnos. Se sentó a nuestro lado y cada 15 minutos intentaba seducirnos con un precio “mejorado”. Esperamos más de una hora y no había caso, ni un solo valiente más cruzaba la frontera, y como si fuera poco comenzaba a anochecer. Teníamos que decidir si acampábamos en algún lado perdido del pueblito o pagábamos 30 dólares por nuestro traslado (lo mínimo que nos ofreció nuestro chofer asignado), sabiendo los precios que se manejan en Egipto y que eso era definitivamente un robo. Al igual que cada vez que nos encontrábamos en una encrucijada, decidimos usar nuestra herramienta más valiosa (con mucho mayor valor que el nominal) “la moneda”. Cara acampamos, cruz nos vamos en el taxi. Obedeciendo la voluntad del destino, agarramos las mochilas para emprender la búsqueda de un lugar para poner los huesos esa noche. Al vernos partir, nuestro amigo resignado a nuestro nivel extremo de ratez, grita el precio que queríamos escuchar, y dedujimos que el destino tenía otra cosa preparada para nosotros.
Subimos los tres a la Van y emprendimos el camino de unos 140 kilómetros que nos separaban de la ciudad más próxima, Dahab. Fue un viaje con vaivenes; el desierto nos adormecía con su paisaje reiterativo, mientras que cada tanto, el mar se dejaba ver, atrayendo con su belleza la atención de cualquier mortal.
Ya era completamente de noche y no se divisaban muchos autos en el camino. Abstraída en mi cabeza por pensamientos de toda clase (como siempre que viajo mirando la ruta), pensaba en lo afortunada que era. En los últimos 10 meses había viajado en incontables medios de transporte y dependiendo mi vida de otros (los conductores) nunca había tenido un problema. De repente, algo interrumpió mi pensamiento. La silueta de 4 camellos cruzando el camino se dibujaba frente a nosotros a unos 50 metros. Camilo estaba dormido y se despertó cuando lo llamé para que viera ese hermoso espectáculo. Wow! Es la primera vez que veo camellos sueltos! -pensé. Son tan lindos… pero este hombre no va a frenar? Debe ser mi ignorancia sobre camellos, seguro que cuando nos acercamos ellos se espantan y se hacen a un lado. Este hombre tiene pinta de beduino, sabe del desierto. O tal vez ahora hace una maniobra y los esquiva con una increíble agilidad. Todo transcurrió en milésimas de segundos. Cuando finalmente asumí que ninguna de mis hipótesis se iba a cumplir y que el señor que conducía se encontraba dormido o en Disney, le grité que tenga cuidado con los camellos, y me preparé para el impacto. Como si hubiera estado esperando la voz de aura, el conductor frenó bruscamente ante mi voz de alerta. En ese instante toda mi vida paso ante mis ojos y creí con certeza que no viviría para contar esta anécdota. Impactamos de lleno contra el último camello, dejando como resultado un pobre animal tirado y agonizando en el medio del camino y la parte delantera del vehículo totalmente destruida. Las luces altas alumbraban la escena homicida y entre los cristales rotos del parabrisas podía ver a ese pobre camello que levantaba su cabeza y gritaba de agonía. Habiendo corroborado que ninguno de los 3 presentaba ni un rasguño, descendimos del coche. Los pocos autos que pasaban por la ruta se vieron obligados a frenar por ese cuadrúpedo que luchaba por su vida en el pavimento. Nuestro chofer lloraba y se agarraba la cabeza; pobre hombre, supongo que esa Van era su única fuente de ingresos. Como si la situación fuera poco cruenta, los otros 3 camellos volvieron sobre sus pasos a ver qué le había ocurrido a su compañero. Por favor que alguien nos saque de acá! Apenas llevamos unas horas en Egipto y ya matamos un camello! A quién más en el mundo le pasa esto?
Se ve que un buen hombre leyó mis pensamientos y se ofreció a llevarnos hasta destino. En el camino nos contaba que había perdido 3 amigos que habían tenido accidentes con camellos en la ruta. “Ustedes se salvaron porque les tocó un señor mayor que iba a menos de 60km por hora y en una Van que es alta. Si se me cruzaba el camello a mi, me mato sin duda”.
Ese día aprendí cuan peligrosa que puede ser la ley de atracción y lo arriesgado que puede ser no seguir la voluntad de una moneda.